Muy independientemente de la ficción de lo anterior escrito, manejar a altas horas de la noche escuchando a Mago de Oz con suficiente cantidad de decibeles, a mínimo 60 kmph (máximo 80, muchas curvas, mucho poli, Atos se queda pendejo en cuanto a velocidad y estabilidad), resulta bastante terapéutico, sobre todo cuando uno no quiere sorprenderse a si mismo en un ataque de llanto. No es que lo haya hecho. De verdad, yo no hago esa clase de cosas.
La autocompasión ha dejado de funcionar, es hora de recurrir al lado oscuro, o a la velocidad. O al peyote (Y dije peyote, no otra cosa).
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